"La combinación entre sus curvas corporales y su forma de vestir impedía a sus compañeros de trabajo y jefes hacer correctamente su trabajo".

La mujer de la foto es Debrahlee Lorenzana, una trabajadora de una sucursal neoyorkina de Citybank. Fue recientemente despedida por ser demasiado guapa y atractiva, así de sencillo. No era incompetente, ni vaga, ni torpe, pero tenía un buen cuerpo. Tenía un buen cuerpo y una panda de babosos de compañeros que no era capaces de concentrarse en su trabajo porque dedicaban la jornada laboral a adorar los encantos de su compañera. ¿Y qué han decidido hacer los jefes ante esta situación?. Despedir a los empleados que no pueden contener los jugos salivales dentro de la boca en presencia de una mujer sería lo racional pero, parece ser que los del Citybank prefieren despedir a la empleada eficiente y quedarse con su jauría de empleados.
La próxima vez que contraten a una mujer ya me imagino las claúsulas del contrato: comer mucha comida basura, hacer poco ejercicio, no depilarse y a poder ser, ducharse una vez a la semana para evitar cualquier estímulo en sus compañeros. Y mientras tanto, en la sucursal siguen esos machotes que eran incapaces de dar pie con bola porque sus hormonas vivían una auténtica revolución cada vez que Debrahlee entraba en la oficina. Claro ellos son hombres, es lo normal. ¿No?.
Pues no, lo normal sería haber mantenido a ésta mujer en su puesto de trabajo y despedir -o al menos llamar la atención- a los empleados. Las mujeres se enfrentan diariamente a problemas como la diferencia salarial respecto a los hombres o el llamado "techo de cristal" y por lo general, se les obliga -de formas sutiles o no tanto- a tener una buena presencia. Sin embargo, si fuera un hombre hablaríamos únicamente de buena presencia y sólo nos estaríamos refiriendo al aseo personal. Sigo sin entender porque la gente sigue pensando que una mujer es inferior a un hombre cuando además, generalmente, las mujeres son más trabajadoras que los hombres, aunque eso sea, tal vez, resultado de la necesidad de demostrar su validez a la que están sometidas. Ni lo entiendo ahora, ni lo entenderé jamás.