Lo mejor que se os ocurrió para calmar una situación, que tampoco era tan tensa como otras anteriores, fue tirarme a la calle. Pasé la tarde fuera de casa, os esperé en la calle para poder entrar a cenar, cuando llegasteis y me visteis sentado en el parque, pasasteis de largo. Yo fui a llamar al telefonillo, no abristeis. Llamé a mis amigos, estuvimos hablando mucho tiempo, cuando ya habían pasado un buen rato, volví y llamé de nuevo. No abristeis, estabais dispuestos a dejarme en la calle, como si fuera cualquier cosa, como si no fuera nada.
Por suerte no estaba solo y no tuve que pasar la noche en la calle, no se imaginan los que me estuvieron ayudando, cuanto les estoy agradecido. Por la mañana volví a llamaros una y otra vez, volví a intentar que me dejaseis entrar en casa, y volvisteis a dejarme en la calle, tuvisteis la poca vergüenza de ni tan siquiera contestar ninguna llamada. Vosotros, pensando que había pasado la noche en la calle no fuisteis capaces ni de llamarme para saber si estaba bien.
Cuando por la tarde, por fin pude llegar a casa y nos sentamos a hablar me dijisteis que si quería volver tendría que aceptar unas condiciones os dije que estaba dispuesto a hacerlo, pero que no quería estar con vosotros, no podía ver como no os arrepentíais nada en absoluto de dejarme en la calle, no podía creer que no me preguntarais ni una sola vez donde ni cómo había pasado la noche. Realmente parecía que no os importaba, "es lo que te merecías" me dijiste, nadie se merece que lo tiren de casa y menos por semejante tontería. ¿Sabéis cuanto me duele?, ¿Sabéis cuanto tardaré en perdonaros?, ¿Sabéis que me planteo cuanto me queréis?. En unos días volveré a casa, ahora necesito dar respuesta a muchas preguntas.
A pesar de todo, yo os quiero, o eso creo.
Héctor

Cuando hoy he leído, como hago todos los días el correo de conciencia de la