Todo lo bueno tiene un final, y en eso está la gracia, si las cosas no tuvieran un principio y un final no las valoraríamos. Hoy es mi último día de vacaciones. Mañana iré al instituto, por poco tiempo ya que sólo tengo que recoger el horario, y pasado comienza a las 7 y poco de la mañana la rutina de mi último año -supuesta y deseadamente- en Bachiller. Ahora me enfrento a sentimientos contradictorios, por un lado, tengo bastantes ganas de volver a clase, de estar con los compañeros, los profesores, de aumentar mis conocimientos... pero, por otro lado, las ganas que tengo de levantarme bien prontito todos los días hasta las próximas vacaciones, que tan lejanas se ven, son ningunas.
Como he tenido unas vacaciones de 3 mesecitos (tranquilos, se me han pasado como vuestros 15 días) seguramente me costará un poco concienciarme de que ya no me podré acostar a las 6, salir de fiesta casi todos los días, ni levantarme cuando acaban los Simpsons, pero en cuanto lleve unos días en clase, me acostumbraré, como hacemos todos, a la rutina de siempre.