24/06/11

La disfrutamos todos

Ya ha llegado el Gran Fin de Semana, todos los valencianos, unidos, deseamos la llegada de este fin de semana, el de la Fórmula 1. Lo esperamos porque, ya que es un circuito semi-urbano, que impide durante un tiempo pasar por el puerto, dormir a los vecinos más cercanos, entre otras cosas, el Excelentísimo Ayuntamiento de Valencia nos regala 4 entradas a todos los ciudadanos, por las molestias. Así que nos ahorramos la pasta que cuestan las entradas y petamos las gradas. Llenas, hasta arriba, plenes de gom a gom, que diríamos en valenciano. Y nos llevamos gorritas, aunque sería mejor comprarlas allí, en las tiendas de la F1, porque total... ¿qué nos cuesta gastarnos 30€ en una gorra de Ferrari?.
Aposentamos nuestros traseros en los asientos, cómodos y lujosos (porque, otra cosa no, pero Valencia derrocha lujo y glamour), casi tan cómodos como el banquillo del nuevo Mestalla. Finales de Junio y ni una sombra en las gradas. No importa, nos han regalado las entradas, no nos pondremos pejigueros. Sudamos. Sudamos como cerdos, como cerdos que chorrean cristales de Swarovski. Los ricachones, los cuatro que vienen a Valencia, se rebozan en sus yates entre tetas y culos de silicona. Muy de cerca los observan los servicios médicos que temen que, de una sobredosis de viagra, les rebiente el corazón... o la polla. Una azafata pasa de yate en yate, obsequiando a cada uno de los magnates de los yates y a sus retocadas acompañantes con Agua de Valencia y banderitas de la Comunitat, España y del PP. Y nosotros, felices, felicísimos, y los del PSPV, también, porque a ellos les han regalado la entrada, la gorra, el Agua de Valencia y la bandera del PP, y cuando regalan cosas, todos nos volvemos locos. Detras de las rejas del circuito, más altas que las de la frontera entre México y USA, Mónica Oltra, con una camiseta de las suyas. Está alucinada, pero unos nacionales se la llevan a rastras, como hicieron en los derribos del Cabanyal, y se acabó el problema. El resto, seguimos eufóricos con nuestras banderas. Y entonces llega ella.
"Vestida de rojo, conduciendo el Safety Car a 200 km/h, la única, la inigualable, la magnífica... ¡¡Rita Barberá!!" Anuncia una voz en off por la megafonía. Y nosostros nos volmemos más locos todavía. Y empiezan las lipotímias y el "que bote Rita", y Rita bota, y tiembla el puerto, y estrella el coche. Abre la guantera, se echa laca, mucha laca, sale del coche y saluda. 
Camps espera bajo el justiciero Sol del levante, la llegada de los Reyes. Cuando el helicóptero aterriza sale Doña Sofía, comiendo yogurt griego de Hacendado, que para algo estamos en Valencia, y Don Juan Carlos, en silla de ruedas, con gotero y máscara de oxígeno. Se acercan unos periodístas y les preguntan por su salud, el Rey, enfurecido les lanza la botella de oxígeno mientras grita "¿Porqué os empeñáis en inventaros que estoy jodido de salud?".  Al llegar a las gradas, al monarca se le salen los ojos de las órbitas mirando a las chicas de los yates pero, observa fijamente uno de los yates, con bandera italiana y se da cuenta de que es Berlusconi, ¡con su nieta leonor!. Le regalan una gorra, Agua de Valencia preparada para tomar por vía intravenosa y se relaja, se olvida de su nieta, y disfruta de los saltos de Rita por el asfalto.
Empieza la carrera, Alonso se estrella en la tercera vuelta, Hamilton saca una metralleta con la que rebienta las ruedas de todos los demás participantes. Antonio Lobato enloquece en la cabina de prensa, si tuviera pelo, se lo arrancaría a puñados. Pero la FIA emite un comunicado en el que afirma que "la actitud de Lewis Hamilton es totalmente deportiva, pacífica y normal" y confirma su victoria. La carrera ha acabado, las gradas llenas de gente abrasada por el Sol, se empiezan a vaciar, los viejos millonarios siguen empalmados en sus yates, Rita sigue botando por la pista y el Rey se ha dormido. Camps se acerca sigiloso, lo desnuda, y se lleva su traje. Fin del Gran Premio de Europa de Fórmula 1.

03/06/11

Las gaviotas azules

Hubo un tiempo en el que, en Valencia, había un barrio de pescadores, de vecinos que se conocían, de obreros, de buena gente; hasta que un día, una bandada de gaviotas, que curiosamente no eran marineras, lo llenaron de cagadas, de drogas, delincuencia, ratas, cucarachas y prostitución, con intención de derribarlo y levantar altos edificios con sus constructoras.  Hubo un tiempo en el que la avenida de Blasco Ibáñez acababa en la estación de trenes del Cabanyal. Hasta que un día, la señora de rojo y sus amigos decidieron arrasar con todo el barrio y ampliar la avenida hasta  conectarla con el mar y, posteriormente con Ibiza. Hubo un tiempo en el que los valencianos vestían para trabajar sus huertas, hasta que, en su lugar, se levantaron enormes edificios. Hubo un tiempo en Valencia, en el que la gente se compraba sus trajes, hasta que un señor del Opus decidió que era mejor que, a cambio de favores, te los regalasen. Hubo un tiempo en el que se hablaba valenciano, hasta que llego el señor “Fuente de Mora” y acabó con la línea educativa en la lengua autóctona. Hubo un tiempo en el que en Valencia, los ciudadanos elegían libremente que canales querían ver. Hasta que las gaviotas acabaron con la variedad informativa. Hubo un tiempo, quizás algunos lo recuerden, en el que en las ruedas de prensa, los periodistas preguntaban, hasta que se les prohibió. Un tiempo en el que los ciclistas y los viandantes convivían en armonía, hasta que la señora de rojo decidió que era mejor que formasen parte del asfalto y (¡qué paradoja!), consiguió que muchos acabasen aplastados por los coches contra éste. Hubo un tiempo en el que el dinero público se destinaba a hospitales, parques, colegios… hasta que se destinó a un gigante Scalextric de ricachones. Un tiempo en el que el puerto era de los pescadores, hasta que pasó a ser un parking de yates. Hubo un tiempo en el que los valencianos y las valencianas hablaban, hasta que, hace cosa de veinte años, empezaron a rebuznar, y rebuzno tras rebuzno, consiguieron que la ciudad acabase siendo más azul que el Mediterráneo que la baña. Si Hitchcock viese tanta gaviota junta echaría a correr sin pensárselo dos veces…