Ya ha llegado el Gran Fin de Semana, todos los valencianos, unidos, deseamos la llegada de este fin de semana, el de la Fórmula 1. Lo esperamos porque, ya que es un circuito semi-urbano, que impide durante un tiempo pasar por el puerto, dormir a los vecinos más cercanos, entre otras cosas, el Excelentísimo Ayuntamiento de Valencia nos regala 4 entradas a todos los ciudadanos, por las molestias. Así que nos ahorramos la pasta que cuestan las entradas y petamos las gradas. Llenas, hasta arriba, plenes de gom a gom, que diríamos en valenciano. Y nos llevamos gorritas, aunque sería mejor comprarlas allí, en las tiendas de la F1, porque total... ¿qué nos cuesta gastarnos 30€ en una gorra de Ferrari?.
Aposentamos nuestros traseros en los asientos, cómodos y lujosos (porque, otra cosa no, pero Valencia derrocha lujo y glamour), casi tan cómodos como el banquillo del nuevo Mestalla. Finales de Junio y ni una sombra en las gradas. No importa, nos han regalado las entradas, no nos pondremos pejigueros. Sudamos. Sudamos como cerdos, como cerdos que chorrean cristales de Swarovski. Los ricachones, los cuatro que vienen a Valencia, se rebozan en sus yates entre tetas y culos de silicona. Muy de cerca los observan los servicios médicos que temen que, de una sobredosis de viagra, les rebiente el corazón... o la polla. Una azafata pasa de yate en yate, obsequiando a cada uno de los magnates de los yates y a sus retocadas acompañantes con Agua de Valencia y banderitas de la Comunitat, España y del PP. Y nosotros, felices, felicísimos, y los del PSPV, también, porque a ellos les han regalado la entrada, la gorra, el Agua de Valencia y la bandera del PP, y cuando regalan cosas, todos nos volvemos locos. Detras de las rejas del circuito, más altas que las de la frontera entre México y USA, Mónica Oltra, con una camiseta de las suyas. Está alucinada, pero unos nacionales se la llevan a rastras, como hicieron en los derribos del Cabanyal, y se acabó el problema. El resto, seguimos eufóricos con nuestras banderas. Y entonces llega ella.
"Vestida de rojo, conduciendo el Safety Car a 200 km/h, la única, la inigualable, la magnífica... ¡¡Rita Barberá!!" Anuncia una voz en off por la megafonía. Y nosostros nos volmemos más locos todavía. Y empiezan las lipotímias y el "que bote Rita", y Rita bota, y tiembla el puerto, y estrella el coche. Abre la guantera, se echa laca, mucha laca, sale del coche y saluda.
Camps espera bajo el justiciero Sol del levante, la llegada de los Reyes. Cuando el helicóptero aterriza sale Doña Sofía, comiendo yogurt griego de Hacendado, que para algo estamos en Valencia, y Don Juan Carlos, en silla de ruedas, con gotero y máscara de oxígeno. Se acercan unos periodístas y les preguntan por su salud, el Rey, enfurecido les lanza la botella de oxígeno mientras grita "¿Porqué os empeñáis en inventaros que estoy jodido de salud?". Al llegar a las gradas, al monarca se le salen los ojos de las órbitas mirando a las chicas de los yates pero, observa fijamente uno de los yates, con bandera italiana y se da cuenta de que es Berlusconi, ¡con su nieta leonor!. Le regalan una gorra, Agua de Valencia preparada para tomar por vía intravenosa y se relaja, se olvida de su nieta, y disfruta de los saltos de Rita por el asfalto.
Empieza la carrera, Alonso se estrella en la tercera vuelta, Hamilton saca una metralleta con la que rebienta las ruedas de todos los demás participantes. Antonio Lobato enloquece en la cabina de prensa, si tuviera pelo, se lo arrancaría a puñados. Pero la FIA emite un comunicado en el que afirma que "la actitud de Lewis Hamilton es totalmente deportiva, pacífica y normal" y confirma su victoria. La carrera ha acabado, las gradas llenas de gente abrasada por el Sol, se empiezan a vaciar, los viejos millonarios siguen empalmados en sus yates, Rita sigue botando por la pista y el Rey se ha dormido. Camps se acerca sigiloso, lo desnuda, y se lleva su traje. Fin del Gran Premio de Europa de Fórmula 1.