18/09/11

Pastillas para olvidar (microrrelato)

Observaba su rostro en el espejo mientras ingería las pastillas. Para los dolores, para los nervios, las relajantes, las que le hacían olvidar… un infinito arcoíris de píldoras que se amontonaban en la mesa. Los medicamentos le ayudaban a sobrepasar los días, y las noches. Un fuerte trago de agua le ayudó a que los comprimidos acabasen de deslizarse por el esófago. Entonces, después del trago de agua, comenzaba otro de sus rituales diarios. Alberto sacó los pinceles, las esponjas y el maletín de maquillaje. Cubrió su tez con la crema color carne y, eliminó los brillos con polvos. Con sombras grises con purpurina recubrió los párpados. Levantó las pestañas con rímel, y dibujó una línea sobria y elegante en la parte baja del ojo. El juego de colores contrastaba enormemente con el blanco de las paredes. Se quitó el pijama blanco y, desnudo, realizó la tabla de estiramientos. Faltaban escasos minutos para que comenzase su actuación cuando cubrió su cuerpo con una malla que resaltaba su musculatura.
Hacía algún rato se escuchaba el murmullo de la gente, del público que abarrotaba todas las noches el local. Adultos que deleitaban sus sentidos, y aumentaban su pasión bajo la carpa. “Circus of Love” era un espectáculo diferente, un teatro que incluía acrobacias, entre otras actuaciones circenses, en el que se realizaban actuaciones con una fuerte carga erótica. Alberto realizaba un número de correas aéreas. Él y Ana, su novia y pareja en la actuación, bailaban, sujetos de las muñecas por las correas, a varios metros de altura. En un momento de la actuación, el suelo del escenario se abría y aparecía una urna de cristal repleta de agua. En ese momento, Alberto soltaba las manos de Ana, que caía en el interior y realizaba una impresionante coreografía subacuática. El número lo tenían tan ensayado que eran capaces de hacerlo con una perfección milimétrica, sin tan siquiera abrir los ojos.
Era el momento de su actuación, Alberto y Ana salieron a la pista. Cuando las dos correas descendían, cada uno enganchaba una a su muñeca y ascendían. Con el número empezado, su concentración era tal que nunca se fijaban en nada más que en la posición de sus cuerpos. Quizás fuese una de las actuaciones más arriesgadas. Cuando el instante en el que Ana debía saltar a la piscina se acercaba, ésta soltaba su muñeca de las correas, dependiendo completamente de Alberto. Él la cogía de la cadera y deslizaba su cuerpo hasta cogerla de las manos. Haciendo gala de su espectacular fuerza, Alberto la levantaba hasta darse un beso y la soltaba para que cayera al agua.

El doctor Márquez miraba a través del ojo de buey que había en la puerta de la habitación cómo se maquillaba el paciente de la habitación 53. Márquez era una eminencia en el campo de la psiquiatría que trabajaba, desde hacía dos días, en la clínica de salud mental en la que Alberto estaba interno.
-Disculpe enfermera, ¿Por qué el paciente de la 53 se maquilla y baila por las noches?
-El paciente de la 53 es Alberto Mauriel, trabajó en una importante compañía de teatro. Era un famoso acróbata, ¿sabe doctor?. Pero, una noche, el sistema que debía elevar una piscina en la que caía su novia falló, y él la soltó sin darse cuenta que ella caería contra el escenario. Ella entró en coma, y su familia decidió cortarle la respiración asistida. A Alberto nunca le dejaron ir a verla al hospital, y Ana, su novia, murió sin que él pudiera despedirse. La última vez que se besaron fue en la actuación, justo antes de que se ella se soltara de sus manos. Pero Alberto es un buen hombre, no tiene por qué preocuparse.
-Pero, entonces… ¿qué problema tiene Alberto?
-Doctor, Alberto no tuvo culpa de nada, pero siempre ha pensado lo contrario, y la culpa será su compañera hasta el último de sus días. Han pasado cinco años desde el accidente, y desde que ella murió Alberto nunca ha vuelto a hablar con nadie. Simplemente, cuando anochece, se toma las pastillas para olvidar, se maquilla y viste como si tuviera que actuar, y baila por la habitación. Luego se acuesta en el suelo y se duerme. El único problema de Alberto, es seguir enamorado.

11/09/11

No era invierno en Nueva York.

El Sol relucía como si de una mañana de verano se tratase. Sobre los rascacielos se reflejaba el naranja del amanecer. La ciudad despertaba acompañada del frenético ruido de los coches. Por las calles, humeantes tubos naranjas compartían carretera con los taxis. La sombra del pájaro era más grande que de costumbre, realizaba un vuelo rasante, arriesgado, como nunca antes se había visto en la metrópoli. El ruido de las turbinas ensordeció por momentos la parte sur de Manhattan y la sumergió en un profundo silencio. Un avión acababa de atravesar una de las torres del World Trade Center. Las miradas de turistas y viandantes se paralizaban ante la estampa de desconcierto. Pocos minutos después la segunda torre también era atacada. La ciudad es desalojada, los puentes y túneles de acceso a la gran manzana quedan bloqueados, igual que los trabajadores de las gemelas. Las  torres se convierten en enormes chimeneas que sobresalen por encima del skyline de la ciudad. Sólo unos pocos quedan por la zona, los bomberos y policías se esfuerzan por salvar el máximo de vidas. Pero las torres deciden pasar a la historia. En un breve intervalo de tiempo las gemelas desaparecen de la ciudad y se convierten en un enorme amasijo de hierro, hormigón, papeles, y vidas. El día se estropea. Cómo si del profundo llanto de la ciudad se tratase, los árboles pierden las hojas. Las calles quedan vacías. Gritos desgarrados se escuchan desde algún lugar inconcreto. El calor se convierte en frío.
Una enorme nube de polvo entierra la ciudad, la sumerge en la tristeza, la envuelve en la desolación, y la ahoga dejándola sin vida. De entre las tinieblas, aparecen neoyorkinos aturdidos, rostros manchados de polvo y sangre que deambulan por la ciudad. Las ruinas de las torres, convertidas en esculturas del dolor, continúan ardiendo. La ciudad intenta recomponerse. Los días posteriores, una densa capa de polvo y papeles teñía de blanco Nueva York, como si de una fría y triste nevada se tratase. Hoy, diez años después, el mundo recuerda, en un silencio íntimo y profundo, aquel día de septiembre en el que la nieve cubrió las calles, cuando todavía no era invierno en Nueva York.