16/11/11

Falsos indignados

La indignación ha sido protagonista indiscutible del 2011. Desde la primavera árabe, hasta el Occupy Wall Street, pasando por el 15-M nacional, el mundo se ha indignado progresivamente pero, faltaba que los patrocinadores se indignasen. Éramos pocos y parió la abuela. Veinticinco marcas han retirado su publicidad del programa “La Noria”, emitido los sábados por la noche en Telecinco. Sin anunciantes, la cadena privada no asegura la continuidad del programa.
A diferencia de las miles de personas que llenan plazas de muchas ciudades pidiendo un cambio en la política, tanto nacional como internacional, éstos son unos indignados de pacotilla. Como si el señor Botín se sentase, como uno más, en la puerta del Sol; lástima que no tenga a donde engancharse las rastas. La retirada de los anunciantes es una estrategia de marketing puro ya que, nadie compraría un producto que apoya, a través del aporte económico a cambio de la emisión de los anuncios, la entrevista a la madre del Cuco, implicado en el asesinato y desaparición de Marta del Castillo. Y, aunque la mayoría hacemos caso omiso a la publicidad, algún tuitero planteó el boicot. El éxito de la propuesta desencadenó las primeras reacciones y, así hasta quedarse sin anunciantes. Se han ido poco a poco, saliendo por la puerta grande, anunciándolo en los periódicos y en sus cuentas de facebook, haciéndose publicidad gratuita.
La madre del Cuco tiene derecho a relatar su versión, pero es vergonzoso que por ello cobre 10.000€, tan irritante como el cinismo de las marcas. Grandes publicistas, falsos indignados.

13/11/11

El mitin del domingo

El despertador, despierta más contento de lo normal. La chirriante alarma hoy endulza sus oídos, es un día feliz. La familia al completo va a ir a un evento importantísimo, el mitin del Partido Popular en la plaza de toros. Al levantarse de la cama, después de lavarse la cara, Josema se acerca hacia la cocina. Su madre, Carmen Helado, ha preparado unas deliciosas tostadas de mantequilla y mermelada de plátano y fresa, que simulan los colores de la bandera de España. Josema se las come, aunque hubiera preferido ponerlas en la misma vitrina en la que tienen aquella gaviota disecada que compraron de recuerdo en su viaje a Benidorm, son las tostadas más bonitas que ha visto en su vida. Mientras acaba con el vaso de café tocado con whisky, Ana Envase, la pequeña de la familia le tira del pantalón de pijama dejando ver unos calzones con un estampado de águilas imperiales.  “¿Hoy vemos al tito Mariano?”, le pregunta la enana. “¡Claro que sí cielo!, tienes que ponerte guapa, por si te da la mano” se apresura en contestar la madre.
Francisco Sincero, padre de la familia, habla por teléfono con el mayor de sus hijos, Paco Huertas, preso por robar en una tienda de ropa, “Entonces, ¿te dan permiso para hoy?, ¿puedes venir al mitin?... ¿Cómo que no?”, respira profundamente y cuelga sin escupir ni una sola palabra más. Paco Huertas era el hijo favorito, el mimado, el niño de papá, pero ahora nadie se acuerda de él, salvo su madre, que lo justifica asegurando que si robó, es porque son una familia humilde con dificultades para llegar a final de mes. “José María, ¡deja de ponerte colonia que pareces maricón!, y llama al chófer que bajamos enseguida”, grita Francisco desde la habitación.
Entre una inmensa nube de laca, Carmen Helado se coloca su collar de perlas caribeñas. Aprieta los labios para pintárselos, mientras balbucea el estribillo de “Carmen de España”. Se acerca a Francisco, su marido, “Mi general –que es como se refiere a Francisco- ¿está esta dama bella para acompañarlo?”. El brillo de los ojos de su general es suficiente respuesta. Abre el armario y, a pesar de los 23 grados que hacen en la calle, se pone un abrigo de visón. “Elaborado 100% con a animales maltratados”, reza la etiqueta.
Al llegar a la plaza de toros, la multitud tararea el himno del partido, Carmen, víctima de la emoción y del calor del abrigo, sufre un ligero mareo. “Valencians, valensianes… an tost vosaltres Mariano Rajoy!” anuncia una eufórica mujer de rojo sobre el escenario. La plaza ensordece bajo los aplausos. Hoy, es un día feliz.

(ficción) 

12/11/11

Se los comen

Quien piense que los profesores tienen una vida de color rosa, se equivoca. Si no me cree, le invito a pasear por el pasillo de cualquier instituto. Yo lo hago todos los días y, cada uno de ellos encuentro una selva amazónica en la que hay todo tipo de tribus: las que se civilizaron hace ya unos años, las que lo están empezando a hacer y, las tribus que todavía practican el canibalismo, les aseguro que, de las últimas, aún quedan demasiadas.
Los partes de expulsados deben suponer un importante consumo de papel al centro. Hay mucho vikingo que, a veces por cuenta gotas, otras por riego con aspersor, llegan a la biblioteca a anunciarle, siempre con hartos motivos, al profesor de guardia la injusticia que acaban de sufrir. Alguna vez, pocas, seamos sinceros, tienen razón. Y es que, si hay muchas tribus, también hay muchos jefes de tribu, y no todos cumplen bien con su misión.
En mis paseos por el instituto, trato de observar cada una de las aulas por las que paso y, al final, entiendo que hay varios tipos de profesores. Están los que no dejan ni respirar y, delante de los cuales, ni las tribus caníbales se mueven. Su tono, su actitud... imponen absoluto respeto. Algunos tienen un buen ambiente en clase, aunque de vez en cuando sacan una faceta autoritaria que sofoca cualquier intento de boicoit. Otros son fármacos puros, cada palabra que dicen sumerge a la clase en un sueño profundo. Algunos parecen amigos de los alumnos y, guardando las distancias cuando es necesario, es un placer estar con ellos. Otros se arrepintieron de ser profesores el primer día de carrera, pero llevan veinte años como docentes, no ponen el más mínimo interés en lo que enseñan, sus clases se acaban convirtiendo en verdulerías o, pero todavía, en el plató de Sálvame. Y, para acabar con ésta clasificación, tenemos a los que hablan suave, dulce, con vergüenza, quizá sean mentes llenas de conocimientos pero, no son capaces de enfrentarse a un grupo de dieciocho niños. ¿Ridículo? No señores, un instituto es como una selva, aquí todo el mundo se transforma y, los niños de papá que en casa no rompen un plato, se convierten en pandilleros. Los macarras de serie, en candidatos a futuros presidiarios. Y los que vienen a aprender, que algunos quedan, tienen que enfrentarse, codo a codo con los profesores, a toda ésta bazofia antropomorfa. O lo hacen, o se los comen.