16.9.14

Tordesillas y la hipocresía

  Voy a hacer amigos. Ayer, una panda de paletos anacrónicos instalados en el paleolítico superior dieron muerte, de la forma más salvaje que se les ocurrió, a un toro. Elegido, así se llamaba el animal, que era el único del lugar al que no me atrevería a llamar bestia. Supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en estas líneas. En caso contrario, son ustedes de la peor calaña social, que disfrutan con la tortura y asesinato público y festivo de un animal. Con todo mi desprecio se lo digo. Al resto, a quienes sí comparten mi opinión, se lo he advertido: vengo con ganas de hacer amigos.
  Son ustedes, como yo, unos hipócritas. Somos retorcidamente hipócritas. Que el Toro de la Vega es una salvajada medieval es cierto, de hecho, sus orígenes se remontan a esa época. Quienes lo defienden se centran en el argumento de mantener la tradición, y yo me pregunto, qué les parecería que mantuviéramos la tradición romana de sacar cristianos a pelear contra las fauces de los más fieros leones. Supongo que a los defensores de las tradiciones no les importaría ser devorados con tal de no perder semejante espectáculo, ¿no? Pero dejemos de lado al paletismo cañí. Voy con ustedes, esa ciudadanía ejemplar que se postula contra la aberración de Tordesillas en defensa de los animales. Abran sus frigoríficos, estoy seguro de que tienen unas cuantas cortadas de carne esperando a ser cocinadas. ¿Saben ustedes que para que puedan comerse semejantes delicias han tenido que matar previamente a un animal? Igual piensan que la ternera que se comen ha muerto de vieja, pero no. Tal vez crean que las han matado con caricias, pero no. Puede que hasta se excusen en que seguro que han tenido una vida feliz en prados inmensos donde pulular libremente, pero no. En cualquier caso, están equivocándose. Las vacas son degolladas vivas y colgadas cabeza abajo para que se desangren lo antes posible, las aves electrocutadas y hervidas cuando siguen viviendo para ser desplumadas con facilidad… Lamentablemente, los animales que consumimos no viven en libertad, ni son criados con cariño. Las imágenes publicadas periódicamente por oenegés de defensa animal evidencian unas condiciones de insalubridad y hacinamiento que distan mucho de una vida digna. Les invito a que vean uno de esos vídeos, y apuesto a que no son capaces de llegar hasta el final.
  No, la carne que consumimos no es asesinada en un acto público, festivo. Sus muertes no son celebradas, ni la persona que les da muerte es jaleada por la muchedumbre. Pero recuerden: para que ustedes coman carne, han matado a un animal. Y ha sufrido, quizás no tanto como Elegido, pero no ha tenido la vida ideal que imaginan. Se nos llena la boca hablando del Toro de la Vega, mientras nuestras neveras sirven de morgue para trozos de animales muertos. ¿Y si lo único que nos diferencia de los palurdos que defienden el Toro de la Vega es que, ante la muerte de un animal, preferimos mirar a otro lado? Vemos la tortura en el toro ajeno, pero no la muerte en la dieta propia.