16/01/12

Uno menos...

El hedor era insoportable, por lo que el sacerdote decidió, ante la atónita mirada de la audiencia, cerrar el féretro de un portazo. Roble y nogal que, aunque lacados, todavía olían a la tierra de donde habían sido arrancados. Cubriendo la caja, un crucifijo de metal. Las lágrimas de la zona de la derecha complementaban la sobriedad de la izquierda, que parecía algo incómoda. Al fondo, en lo alto del altar, una bandera española, con un águila imperial al frente. El cardenal lloraba más de lo esperado, transmitiendo un dolor que transgredía lo protocolario. “Echare de menos tus embestidas, maricona”, repetía en su cabeza. La viuda, gélida y arrugada, descansaba sobre una silla de ruedas propia de cualquier película de terror. “Lo que te ha costado…”, susurró cuando la acercaron al ataúd. El monarca, con paso inseguro se acerca hasta el altar, y en una parte del discurso de despedida afirma: “su cojera fue uno de los pilares de la democracia”, el cura se ríe a carcajadas. Definitivamente es un tío de lo más campechano y, cuanto más viejo y delirante, más llano parece.
En el cementerio, el frío de enero reverbera entre las siluetas negras. La humedad y la niebla entorpecen la vista y, una caja de roble y nogal se hunde y queda sepultada bajo una montaña de tierra mojada. Josemari se acerca y le deja una rosa blanca, porque el rojo no les gusta, justo antes de que una losa de mármol cubra eternamente el cuerpo. Cuando la noche inunda todos los rincones, el viejo abre los ojos y sólo ve oscuridad. Encerrado en la caja y enterrado a varios metros de profundidad, saca un móvil que pidió tener en el bolsillo cuando muriese. La ausencia de cobertura sólo le permite llamar a emergencias. Su voz gallega, torpe y estropeada, se hace imposible de entender y, antes de cortar la llamada, la operadora le dice algo que le tenían que haber dicho hace muchos años: “Oye, hijo de puta, ¿Porqué no te vas a dar por culo a otro sitio?”

(ficción)

16/11/11

Falsos indignados

La indignación ha sido protagonista indiscutible del 2011. Desde la primavera árabe, hasta el Occupy Wall Street, pasando por el 15-M nacional, el mundo se ha indignado progresivamente pero, faltaba que los patrocinadores se indignasen. Éramos pocos y parió la abuela. Veinticinco marcas han retirado su publicidad del programa “La Noria”, emitido los sábados por la noche en Telecinco. Sin anunciantes, la cadena privada no asegura la continuidad del programa.
A diferencia de las miles de personas que llenan plazas de muchas ciudades pidiendo un cambio en la política, tanto nacional como internacional, éstos son unos indignados de pacotilla. Como si el señor Botín se sentase, como uno más, en la puerta del Sol; lástima que no tenga a donde engancharse las rastas. La retirada de los anunciantes es una estrategia de marketing puro ya que, nadie compraría un producto que apoya, a través del aporte económico a cambio de la emisión de los anuncios, la entrevista a la madre del Cuco, implicado en el asesinato y desaparición de Marta del Castillo. Y, aunque la mayoría hacemos caso omiso a la publicidad, algún tuitero planteó el boicot. El éxito de la propuesta desencadenó las primeras reacciones y, así hasta quedarse sin anunciantes. Se han ido poco a poco, saliendo por la puerta grande, anunciándolo en los periódicos y en sus cuentas de facebook, haciéndose publicidad gratuita.
La madre del Cuco tiene derecho a relatar su versión, pero es vergonzoso que por ello cobre 10.000€, tan irritante como el cinismo de las marcas. Grandes publicistas, falsos indignados.

13/11/11

El mitin del domingo

El despertador, despierta más contento de lo normal. La chirriante alarma hoy endulza sus oídos, es un día feliz. La familia al completo va a ir a un evento importantísimo, el mitin del Partido Popular en la plaza de toros. Al levantarse de la cama, después de lavarse la cara, Josema se acerca hacia la cocina. Su madre, Carmen Helado, ha preparado unas deliciosas tostadas de mantequilla y mermelada de plátano y fresa, que simulan los colores de la bandera de España. Josema se las come, aunque hubiera preferido ponerlas en la misma vitrina en la que tienen aquella gaviota disecada que compraron de recuerdo en su viaje a Benidorm, son las tostadas más bonitas que ha visto en su vida. Mientras acaba con el vaso de café tocado con whisky, Ana Envase, la pequeña de la familia le tira del pantalón de pijama dejando ver unos calzones con un estampado de águilas imperiales.  “¿Hoy vemos al tito Mariano?”, le pregunta la enana. “¡Claro que sí cielo!, tienes que ponerte guapa, por si te da la mano” se apresura en contestar la madre.
Francisco Sincero, padre de la familia, habla por teléfono con el mayor de sus hijos, Paco Huertas, preso por robar en una tienda de ropa, “Entonces, ¿te dan permiso para hoy?, ¿puedes venir al mitin?... ¿Cómo que no?”, respira profundamente y cuelga sin escupir ni una sola palabra más. Paco Huertas era el hijo favorito, el mimado, el niño de papá, pero ahora nadie se acuerda de él, salvo su madre, que lo justifica asegurando que si robó, es porque son una familia humilde con dificultades para llegar a final de mes. “José María, ¡deja de ponerte colonia que pareces maricón!, y llama al chófer que bajamos enseguida”, grita Francisco desde la habitación.
Entre una inmensa nube de laca, Carmen Helado se coloca su collar de perlas caribeñas. Aprieta los labios para pintárselos, mientras balbucea el estribillo de “Carmen de España”. Se acerca a Francisco, su marido, “Mi general –que es como se refiere a Francisco- ¿está esta dama bella para acompañarlo?”. El brillo de los ojos de su general es suficiente respuesta. Abre el armario y, a pesar de los 23 grados que hacen en la calle, se pone un abrigo de visón. “Elaborado 100% con a animales maltratados”, reza la etiqueta.
Al llegar a la plaza de toros, la multitud tararea el himno del partido, Carmen, víctima de la emoción y del calor del abrigo, sufre un ligero mareo. “Valencians, valensianes… an tost vosaltres Mariano Rajoy!” anuncia una eufórica mujer de rojo sobre el escenario. La plaza ensordece bajo los aplausos. Hoy, es un día feliz.

(ficción) 

12/11/11

Se los comen

Quien piense que los profesores tienen una vida de color rosa, se equivoca. Si no me cree, le invito a pasear por el pasillo de cualquier instituto. Yo lo hago todos los días y, cada uno de ellos encuentro una selva amazónica en la que hay todo tipo de tribus: las que se civilizaron hace ya unos años, las que lo están empezando a hacer y, las tribus que todavía practican el canibalismo, les aseguro que, de las últimas, aún quedan demasiadas.
Los partes de expulsados deben suponer un importante consumo de papel al centro. Hay mucho vikingo que, a veces por cuenta gotas, otras por riego con aspersor, llegan a la biblioteca a anunciarle, siempre con hartos motivos, al profesor de guardia la injusticia que acaban de sufrir. Alguna vez, pocas, seamos sinceros, tienen razón. Y es que, si hay muchas tribus, también hay muchos jefes de tribu, y no todos cumplen bien con su misión.
En mis paseos por el instituto, trato de observar cada una de las aulas por las que paso y, al final, entiendo que hay varios tipos de profesores. Están los que no dejan ni respirar y, delante de los cuales, ni las tribus caníbales se mueven. Su tono, su actitud... imponen absoluto respeto. Algunos tienen un buen ambiente en clase, aunque de vez en cuando sacan una faceta autoritaria que sofoca cualquier intento de boicoit. Otros son fármacos puros, cada palabra que dicen sumerge a la clase en un sueño profundo. Algunos parecen amigos de los alumnos y, guardando las distancias cuando es necesario, es un placer estar con ellos. Otros se arrepintieron de ser profesores el primer día de carrera, pero llevan veinte años como docentes, no ponen el más mínimo interés en lo que enseñan, sus clases se acaban convirtiendo en verdulerías o, pero todavía, en el plató de Sálvame. Y, para acabar con ésta clasificación, tenemos a los que hablan suave, dulce, con vergüenza, quizá sean mentes llenas de conocimientos pero, no son capaces de enfrentarse a un grupo de dieciocho niños. ¿Ridículo? No señores, un instituto es como una selva, aquí todo el mundo se transforma y, los niños de papá que en casa no rompen un plato, se convierten en pandilleros. Los macarras de serie, en candidatos a futuros presidiarios. Y los que vienen a aprender, que algunos quedan, tienen que enfrentarse, codo a codo con los profesores, a toda ésta bazofia antropomorfa. O lo hacen, o se los comen.

10/10/11

Expertos manipuladores

Ana Pastor ha sido el último blanco de las balas dialectales que algunos miembros del Partido Popular dedican a quienes consideran contrarios a los ideales de su partido mediante discursos, comunicados o redes sociales como Twitter.
"¿Qué nombre se pondrá @anapastor_tve tras el #20n? dicen por ahí que será @anapastor_canalsur"
El tweet, una clara referencia al posible despido de Pastor tras la hipotética victoria conservadora en los comicios del 20 de noviembre, lo publicó el secretario de Presidencia de les Corts Valencianes (todo lo bueno está en ésta tierra) y miembro de las Nuevas Generaciones del PP, Ángel Mínguez. Tras una irónica respuesta por parte de la periodista, quien dio por zanjado el tema, Mínguez se retractó de sus palabras asegurando que se trataba sólo de una broma. La periodista recibió halagos y apoyo de los twitteros, mientras que el político se llevó un aluvión de críticas. Victoria de Pastor y, fin del combate.
El PP lleva tiempo insinuando que los informativos de TVE están manipulados a favor del Partido Socialista, “la televisión de Rubalcaba” se atrevió a llamarla Carlos Floriano, secretario de Comunicación del grupo conservador. Quizás fuera ese el motivo que propició que votaran a favor de controlar la edición de los telediarios. Y, si no fuera porque las críticas provocaron que el Consejo de RTVE revocara la iniciativa, seguro que el PP hubiera manejado las noticias con maestría, pues son expertos en el control de medios, bien lo sabemos por Valencia y Madrid.
La televisión pública tiene uno de los mejores equipos de informativos del país, cuestionar su trabajo es un forma sencilla de desviar la atención pública de otros asuntos cómo la falta de un programa electoral claro y conciso, la falta de laconismo en el discurso de Mariano Rajoy, o la facilidad de cerciorar, de forma casi dogmática, sus capacidades para sacarnos de la crisis y darnos trabajo a todos. Si Rajoy llega a la Moncloa, pasaremos de parados, a pluriempleados. 

18/09/11

Pastillas para olvidar (microrrelato)

Observaba su rostro en el espejo mientras ingería las pastillas. Para los dolores, para los nervios, las relajantes, las que le hacían olvidar… un infinito arcoíris de píldoras que se amontonaban en la mesa. Los medicamentos le ayudaban a sobrepasar los días, y las noches. Un fuerte trago de agua le ayudó a que los comprimidos acabasen de deslizarse por el esófago. Entonces, después del trago de agua, comenzaba otro de sus rituales diarios. Alberto sacó los pinceles, las esponjas y el maletín de maquillaje. Cubrió su tez con la crema color carne y, eliminó los brillos con polvos. Con sombras grises con purpurina recubrió los párpados. Levantó las pestañas con rímel, y dibujó una línea sobria y elegante en la parte baja del ojo. El juego de colores contrastaba enormemente con el blanco de las paredes. Se quitó el pijama blanco y, desnudo, realizó la tabla de estiramientos. Faltaban escasos minutos para que comenzase su actuación cuando cubrió su cuerpo con una malla que resaltaba su musculatura.
Hacía algún rato se escuchaba el murmullo de la gente, del público que abarrotaba todas las noches el local. Adultos que deleitaban sus sentidos, y aumentaban su pasión bajo la carpa. “Circus of Love” era un espectáculo diferente, un teatro que incluía acrobacias, entre otras actuaciones circenses, en el que se realizaban actuaciones con una fuerte carga erótica. Alberto realizaba un número de correas aéreas. Él y Ana, su novia y pareja en la actuación, bailaban, sujetos de las muñecas por las correas, a varios metros de altura. En un momento de la actuación, el suelo del escenario se abría y aparecía una urna de cristal repleta de agua. En ese momento, Alberto soltaba las manos de Ana, que caía en el interior y realizaba una impresionante coreografía subacuática. El número lo tenían tan ensayado que eran capaces de hacerlo con una perfección milimétrica, sin tan siquiera abrir los ojos.
Era el momento de su actuación, Alberto y Ana salieron a la pista. Cuando las dos correas descendían, cada uno enganchaba una a su muñeca y ascendían. Con el número empezado, su concentración era tal que nunca se fijaban en nada más que en la posición de sus cuerpos. Quizás fuese una de las actuaciones más arriesgadas. Cuando el instante en el que Ana debía saltar a la piscina se acercaba, ésta soltaba su muñeca de las correas, dependiendo completamente de Alberto. Él la cogía de la cadera y deslizaba su cuerpo hasta cogerla de las manos. Haciendo gala de su espectacular fuerza, Alberto la levantaba hasta darse un beso y la soltaba para que cayera al agua.

El doctor Márquez miraba a través del ojo de buey que había en la puerta de la habitación cómo se maquillaba el paciente de la habitación 53. Márquez era una eminencia en el campo de la psiquiatría que trabajaba, desde hacía dos días, en la clínica de salud mental en la que Alberto estaba interno.
-Disculpe enfermera, ¿Por qué el paciente de la 53 se maquilla y baila por las noches?
-El paciente de la 53 es Alberto Mauriel, trabajó en una importante compañía de teatro. Era un famoso acróbata, ¿sabe doctor?. Pero, una noche, el sistema que debía elevar una piscina en la que caía su novia falló, y él la soltó sin darse cuenta que ella caería contra el escenario. Ella entró en coma, y su familia decidió cortarle la respiración asistida. A Alberto nunca le dejaron ir a verla al hospital, y Ana, su novia, murió sin que él pudiera despedirse. La última vez que se besaron fue en la actuación, justo antes de que se ella se soltara de sus manos. Pero Alberto es un buen hombre, no tiene por qué preocuparse.
-Pero, entonces… ¿qué problema tiene Alberto?
-Doctor, Alberto no tuvo culpa de nada, pero siempre ha pensado lo contrario, y la culpa será su compañera hasta el último de sus días. Han pasado cinco años desde el accidente, y desde que ella murió Alberto nunca ha vuelto a hablar con nadie. Simplemente, cuando anochece, se toma las pastillas para olvidar, se maquilla y viste como si tuviera que actuar, y baila por la habitación. Luego se acuesta en el suelo y se duerme. El único problema de Alberto, es seguir enamorado.

11/09/11

No era invierno en Nueva York.

El Sol relucía como si de una mañana de verano se tratase. Sobre los rascacielos se reflejaba el naranja del amanecer. La ciudad despertaba acompañada del frenético ruido de los coches. Por las calles, humeantes tubos naranjas compartían carretera con los taxis. La sombra del pájaro era más grande que de costumbre, realizaba un vuelo rasante, arriesgado, como nunca antes se había visto en la metrópoli. El ruido de las turbinas ensordeció por momentos la parte sur de Manhattan y la sumergió en un profundo silencio. Un avión acababa de atravesar una de las torres del World Trade Center. Las miradas de turistas y viandantes se paralizaban ante la estampa de desconcierto. Pocos minutos después la segunda torre también era atacada. La ciudad es desalojada, los puentes y túneles de acceso a la gran manzana quedan bloqueados, igual que los trabajadores de las gemelas. Las  torres se convierten en enormes chimeneas que sobresalen por encima del skyline de la ciudad. Sólo unos pocos quedan por la zona, los bomberos y policías se esfuerzan por salvar el máximo de vidas. Pero las torres deciden pasar a la historia. En un breve intervalo de tiempo las gemelas desaparecen de la ciudad y se convierten en un enorme amasijo de hierro, hormigón, papeles, y vidas. El día se estropea. Cómo si del profundo llanto de la ciudad se tratase, los árboles pierden las hojas. Las calles quedan vacías. Gritos desgarrados se escuchan desde algún lugar inconcreto. El calor se convierte en frío.
Una enorme nube de polvo entierra la ciudad, la sumerge en la tristeza, la envuelve en la desolación, y la ahoga dejándola sin vida. De entre las tinieblas, aparecen neoyorkinos aturdidos, rostros manchados de polvo y sangre que deambulan por la ciudad. Las ruinas de las torres, convertidas en esculturas del dolor, continúan ardiendo. La ciudad intenta recomponerse. Los días posteriores, una densa capa de polvo y papeles teñía de blanco Nueva York, como si de una fría y triste nevada se tratase. Hoy, diez años después, el mundo recuerda, en un silencio íntimo y profundo, aquel día de septiembre en el que la nieve cubrió las calles, cuando todavía no era invierno en Nueva York.